La mala -que otros llaman la adversidad- constituye el
máximo desafío para la fortaleza espiritual del infortunado.
En los ámbitos signados por la cultura del oportunismo -como la
política-, la “mala” produce severos distanciamientos. Entre la sumatoria
conocida como “el semejante”.
La
aseveración es corroborada por la expresiva ideología del tango. A los efectos
del estudio, suele reducirse a la ética desesperada del tango “Yira Yira”. Cuando el sujeto -por
ejemplo Mauricio Macri-, sumergido en la adversidad, comprueba que, a su lado,
“se prueban la ropa” que va a dejar. La “ropa”, aquí, es el control del
Artificio Autónomo de la
Capital. Segundo presupuesto de la nación.
Al
percibirlo por la pendiente, en “la mala”, con “olor a calas”, el resto de las
fuerzas, los competidores surcados por “la indiferencia del mundo”, ajustan,
como consecuencia, las estrategias. Por las dudas que Macri no resista los
embates. Y caiga. Entre los cuervos.
La
adversidad puede terminar con el trayecto. Clausurar la epopeya iniciada con
aquel éxito primario, en Boca Juniors.
No
obstante, si la supera (a la adversidad), Macri puede resultar vigorosamente
fortalecido. Al extremo de ser catapultado, con mayor convicción aún, hacia el
objetivo público. La presidencia de la república.
Casuística
En
la desdichada peripecia, Macri puede equipararse -en la abundante casuística-,
al modelo de Aníbal Ibarra. Al que también supo rodearlo la adversidad de una
“comisión investigadora”. En la misma condición de Jefe de Gobierno de (el
Artificio Autónomo de) Buenos Aires.
Tres
años infernales fueron los que soportó Ibarra. De los que pudo, por lo que hoy
se percibe, más zafar que resurgir. Con las limitaciones que lo llevaron a
disponer, en adelante, de ambiciones cautelosamente módicas.
Puede
Macri también equipararse con los infortunios de Jorge Sobisch.
Al que la adversidad lo sorprendió en su rol de gobernador de Neuquén. En
vísperas del lanzamiento de la ya obstaculizada campaña presidencial.
A Ibarra lo arrastró, hacia el foso, la tragedia. Hasta la
humillación destituyente. A Macri lo arrastra la
patología del grotesco que debiera resistir. El hábito del espionaje absurdo,
que fundamenta la paranoia colectiva. Cualquier “cacatúa”, para insistir con el
tango, hoy se siente intervenido por auditores extraños.
Téngase
en cuenta que se trata del país donde ya nadie habla, ni escribe, nada
trascendente. Ni por teléfono, ni por mail (tampoco -cabe consignar-, a veces,
en seminarios, en mesas redondas, en libros).
Ibarra
supo padecer los efectos destructivos de los doscientos muertos de la Sala Cromagnon.
Para
Sobisch bastó con la horripilancia
involuntaria de un solo crimen. El del profesor Fuentealba. Para que se le
quebrara, abruptamente, el ascenso.
En
cambio, a Juan
Carlos Blumberg, sin responsabilidades de gestión, lo
arrastró, hacia la mala, la pesadilla del bochorno. La chapa inofensiva del
título inexistente bastó para que se legitimara el alejamiento de aquellas
multitudes que supieron celebrarlo.
Un
accidente terrible -Cromagnon-. La tragedia que aguardaba en el ocaso de una
manifestación docente -Fuentealba-. La trama ingenua para presumir de irrisoria
importancia personal -El “Ingeniero” Blumberg-.
Sólo
los infinitamente leales lo sostuvieron a Ibarra después de Cromagnon. O se atrevieron a
compartir una fotografía.
Después
de Fuentealba, a Sobisch se le produjo un
catastrófico vacío. Pudo experimentarlo en la campaña electoral, cuando los
manifestantes le copaban los lugares donde iba a desarrollar un acto.
Después
del deschave, por la inexistencia del título, Blumberg
pudo experimentar que hacían cola para ignorarlo. Banalizaban, incluso, hasta
la causa con que los había conmovido.
De
algún modo, los ejemplos presentados pudieron testimoniar acerca de las
sensaciones amargas, similares a las del destrozado protagonista de “Yira Yira”.
Sin
“fe”. Con la vida quebrada, el dolor mordido.
Centralidad protagónica
Hay
que aceptar que Macri -y sin ánimo de pasarle ninguna factura- es de los que
supieron distanciarse ante “la mala” de otros. Sobre todo de Sobisch, que supo ser su aliado. Y también de Blumberg, con quien anunció una histórica alianza, en el
Café Tortoni.
Indudablemente,
Macri cuenta con superiores fuerzas para confrontar con la adversidad. Puede
inspirarse, sin ir más lejos, en el temple demostrado por su antecesor Ibarra.
Supo disponer del rostro de mármol cuando los concejales se le abalanzaban para
tajearle la yugular.
Ocurre
que Macri contiene algunos puntos a su favor. Conecta, conceptualmente, con
aquello que los griegos llamaban el “carisma”. Los atributos del “magnetismo”.
Es, acaso sin valorarlo, ni saberlo explotar, un inquilino constante de la
“centralidad protagónica”.
En
el imaginario suelen confundirse los aspectos de su personalidad. Arrasan, los
datos de la biografía, con las normas rígidas que separan lo meramente privado
de lo explícitamente público.
Después
de Menem, es Macri el que mejor supo construir el poder político a través de
una existencia de miniserie. Donde interesan, colectivamente, las relaciones
privadas.
Las
circunstancias novelescas que rodearon a su secuestro. Las aventuras que
complementan la aventura del “niño bien”. Del aventajado “hijo de ricos”, que
decide, paulatinamente, lanzarse hacia las turbulencias de la lucha política.
De
Macri, como temas de conversación social, interesan los aspectos secundarios
que signaron hasta las separaciones de sus últimas tres mujeres.
Conmueve,
además, y hasta para el esmero escasamente original de los psicólogos, la
actitud filicida de don Franco Macri, su padre.
La
“centralidad protagónica” de su existencia de miniserie lo acerca,
precisamente, a las fantasías del imaginario colectivo.
Consecuencia,
tal vez, del paso por Boca Juniors. En una sociedad donde el fútbol genera,
además de pasiones, los atisbos de una ideología. Para colmo, su caída -la
mala- se le da en un momento tristemente declinante de Boca. El que evoca, por
vía indirecta, al equipo del éxito, unificado con la lluvia de oro de las
consagraciones mundiales.
Significa
que Macri construye política a partir de la identificación. La
idealización que, de sus problemas, hace el otro. El semejante. Mismo, incluso,
el adversario que le dedica una biografía.
Como
si fuera el otro, paradójicamente, el que lo construye. Lo completa. Sobre todo
entre los márgenes amplios que le dejan las limitaciones.
La
característica, fatigosamente descripta, puede traducirse con el efecto de la popularidad. Es
exactamente lo que tal vez le envidia, para el vulgo, alguna mala fotocopia de
Macri. Como puede ser Francisco De Narváez.
Es
exactamente lo que teme, en el fondo, Néstor Kirchner. Y tiene consistente
razón al temerle. Por considerarlo a Macri (junto con el ya diluido Reutemann),
el único en condiciones reales de desalojarlo.
Sin
embargo, se equivoca. Mientras Kirchner tanto se preocupa (por Macri), y se
ocupa personalmente tanto en demolerlo (a Macri), crece, silenciosamente, por
el costado, el otro protagonista. El que Argentina se merece. Alfonsín.