“El orden social sólo se establece plenamente cuando queda
determinado de un modo absoluto LO QUE LA RAZÓN DEBE DICTAR
y cada ciudadano puede reconocerlo claramente”
-Azorín
Durante siglos la sociedad antigua reposó sobre la fe. Hoy, la sociedad se
basa –desafortunadamente-, en la opinión, que es anárquica en su esencia.
Lo
ha probado en estas semanas el desordenado debate sobre el matrimonio
homosexual -alentado por los Kirchner entre bambalinas-, seguido de cerca por
los dimes y diretes del procesamiento del ingeniero Macri por parte de una
Justicia Federal sospechada públicamente.
Quizá
haya que analizar más a fondo estas cuestiones -y aún otras-, para descubrir
las ficciones que han querido representarse mediante una falsa invocación a la
libertad de ciertas minorías que terminaron fraccionando en mil pedazos a los
protagonistas principales.
Es
evidente que ni el sufragio popular, restituido luego de los gobiernos
militares, ha podido cohesionar aún a las fuerzas sociales, ni dar una
dirección racional a quienes combaten –podría decirse que “armados hasta los
dientes”- para mantener un equilibrio democrático muy “sui generis”. Un
equilibrio afectado por una polarización violenta que termina generando
finalmente resultados trágicos irreparables.
Nuestro
acontecer cambia de rumbo constantemente hasta convertirlo en algo incierto:
nos hallamos en un período de verdadera desorientación política, social y
cultural. No ha habido acaso época anterior a ésta tan angustiosa.
¿Cómo
resolver este conflicto?
Un
buen comienzo sería que en la vida cotidiana comenzáramos a pasar por alto algunas pequeñas cosas con cierta benevolencia, esperando
que algunas de ellas tomen un cauce natural por sí mismas. Y que en la vida
pública se actuara de igual manera, sin ponernos “fieros y atravesados” ante
episodios que podrían resolverse a través de un diálogo civilizado.
Sería
al menos un intento que podría rescatarnos, poco a poco, del odio y el
resentimiento que parecen haberse apoderado de una sociedad que demuestra estar
psicológicamente enferma.
Mientras
una palabra, un gesto, un ademán, un ligero desdén, una inflexión de cólera,
sigan teniendo una importancia decisiva en la exteriorización de algunas
opiniones personales, prevalecerán políticamente las nuevas tiranías
“democráticas” que aparecen de la nada, como la zorra que destroza el gallinero
y aprovecha para comerse a las gallinas.
No
sigamos admitiendo a ciegas cualquier valor; no cubramos con palabras
decorativas y pomposas algunas máculas seculares; ni nos prestemos a que, con
el ruido de discursos pomposos y grandilocuentes, continúe dominando la
perversidad de lo nocivo.
Deberíamos
hacer un esfuerzo PARA NO DEJARNOS LLEVAR POR EL PRURITO DE LAS LIBERTADES MAL
ENTENDIDAS, que han propiciado siempre a través de la historia el
oscurecimiento de la verdad.
Cuando
una nación sufre reiteradamente la presión encubierta de los partidarios de lo
corrupto y lo podrido en materia política, debería detenerse un instante lo
suficientemente largo y generoso para examinar qué existe debajo de esas
apariencias.
El
enfrentamiento irracional de una sociedad dividida, donde se pretende
reivindicar SOLAMENTE el derecho de supuestas minorías que alientan sus
proyectos personales, va encontrando en esa trampa un agravamiento de sus
males.
En
efecto, el orden y la razón –bases insustituibles del derecho-, no deben
contentarse con distinguir rigurosamente las distintas arbitrariedades, sino
que, dentro de lo que podríamos denominar como “injusticia subjetiva”, deberían
expresar, con inteligencia y discernimiento, todas las variadas gradaciones que
emanan de LAS FORMAS, EL MODO Y LA IMPORTANCIA DE LAS
COSAS.
Es
muy posible que estos pensamientos resulten excesivamente refinados para
quienes hoy pujan por resolver sus controversias por medio de violentas luchas
antagónicas. Pero la sutil degradación moral a que nos ha ido arrastrando
paulatinamente el gobierno de los Kirchner, obliga a replantear seriamente
nuestra realidad.
Si
no somos capaces de despertar a tiempo, nuestro futuro, lejos de ser tan
promisorio como intentan transmitirnos cínicamente quienes detentan el poder, nos depositará en un
camino sin retorno ni horizonte alguno.
carlosberro@arnet.com.ar