De
festejo por el nuevo matrimonio gay, claro, pero cauto a la hora de celebrar.
Aunque le correspondía a
Néstor Kirchner el sabroso banquete, la servilleta con
puntilla, los cubiertos de gala y los alcoholes preciados también, por mérito
personal y exclusivo: sólo él mantuvo a los gritos el proyecto original de
Diputados, rechazó cualquier tipo de negociación y le impuso obediencia
absoluta a sus legisladores que, por honor al burocrático club al que pertenecen,
habían intentado algún acuerdo modificatorio para quedar bien –nunca mejor esta
alternativa– con Dios y con el Diablo. Terco, Néstor
ganó en esta oportunidad, como había perdido con la misma tozudez en la l25.
Por
razones políticas de conveniencia, celebró casi en silencio, magnánimo,
evitando excesos. Y, si se atiende a la cuestión física, para no atragantarse
con una ingesta que le agregará más kilos a los que últimamente lo acechan
(¿cinco, ocho, diez?), esos que a los 60 cuesta tanto expulsar, producto de la
angustia oral, el stress o derivaciones de algún medicamento traicionero. Ya
evitan decirle “flaco”, como antaño, y su rostro, otrora de Modigliani,
deriva a una pantalla plana de las que se venden en cincuenta cuotas.
Exagera
el cronista, quizás para que empiece una dieta, no vaya a ser que pierda las
formas estéticas para los carteles de la candidatura, ésa en la cual no ceja
para 2011, convencido –repitiendo el latiguillo como forma de persuasión a
propios y ajenos– de que “vamos a dar vuelta” las
encuestas, un sueño que robusteció en la semana con la victoria legislativa, a
pesar de que lo acosan demandas opositoras.
Su
esposa trastabilló en China en su negociación por las exportaciones de aceite
de soja (ni siquiera pudo estar a solas con su colega oriental), tampoco se
desempolvó de dos fiascos contra Clarín y, otra vez, con el frío, se desnudó la
precariedad del perfil energético argentino, incapaz de sostener la demanda
industrial. Pero no hay nubarrón que le quite el placer de haber vencido, en su
pugna personal, al cardenal Jorge Bergoglio, a quien
le imputa parte de su infortunio.
Apeló
a todos los recursos en la Cámara: desde la captación con viajes a senadores
contrarios (al mejor estilo Julio Grondona con los directivos de los clubs),
una institucionalización de la Banelco (ver discurso
de la legisladora
Quintela), la repentina
transformación espiritual de algunos, el ejercicio explícito de la borocotización de conciencias y las patéticas o
rocambolescas intervenciones en los veinte minutos de fama que la TV les
concedió a los senadores (el caso del entrerriano Torre, quien sostuvo que Sor
Juana de la Cruz era lesbiana y, cuando le preguntaron por el origen de esa
información, contestó rampante: “De Internet”).
Maestro
Kirchner, entonces, en el conocimiento de las conductas humanas, de esos
especímenes cristianos que pueden pecar sin culpa porque finalmente alguien los
perdonará. Así es la
religión. Y la política.
La
cuestión era ganar. Y con la misma meta, pensando en 2011, se reúne con
delegados bonaerenses para fabricar una elección interna en su PJ que,
entiende, puede robustecer el partido para la primera vuelta de los comicios
generales, ésa en la cual debe triunfar con guarismos rotundos para evitar una
segunda ronda (la cual, de acuerdo a todos los números, inevitablemente lo
mostraría perdedor).
Y
se junta, como ejemplo, hasta con Sergio Massa, el “Massita”
que no se quejaba de las patadas que le pegaba en los picados, que consentía
insolencias para tomar mate luego con Cristina en la quinta, quien a su juicio
y por comentarios de sus continuadores, se pertrechó en el Anses
para enfrentar un sinnúmero de inviernos.
El
mismo que, siendo jefe de Gabinete, se anotó en las testimoniales con su esposa
pero sin llevar a Kirchner en la propaganda; el mismo que nunca negó el
trascendido de que había tomado a Néstor del cuello cuando se le insolentó a su
esposa por la derrota; el hombre de las sospechadas camaritas que a su vera
ubicó a dos perlas bonaerenses –para Néstor– como Amondarain y Larraburu, imán del
periodismo, sea porque seduce a esos trabajadores o porque se reúne con
agencias ad hoc dedicadas al menester de prensa.
Saldo: siempre lo nombran y, lo más importante, siempre ubican su fotografía.
Lo
tiene calibrado Néstor, lo empuja a la interna contra Daniel Scioli, del que Massita desconfía
desde que lo asaltaron en su country, un gobernador que esta movida lo pone tan
nervioso que siempre lleva a su médico Cahe para que
le tome la presión.
Mientras,
todos se apromiscuan por aquello de las efectividades
conducentes. Uniones transitorias para un destino incierto, ya que el peronismo
en su conjunto –hay que incluir al disidente– se
muestra enturbiado y casi jaque mate para 2011.
Está
claro, es definitivo, que no irán las dos partes asociadas para esa elección
general (Duhalde ya se anotó con Unión Popular y la Democracia Cristiana)
y dudosamente puedan quedar ambos núcleos para dirimir en una segunda vuelta.
Se
supone que, entonces, habrá otra fuerza de centroizquierda que compita y, ante
esa eventualidad, cuando haya que poner el voto final, ¿los disidentes apoyarán
al oficialismo o el oficialismo apoyará a los disidentes? Nadie imagina a
Duhalde, por dar un nombre, colaborando para que gane de nuevo Kirchner; tal el
odio que lo encarna.
La
reflexión vale, al revés, para el kirchnerismo frente
a los disidentes, a quienes les teme más que a otras agrupaciones, con el
añadido de que Néstor piensa quedarse con el escudo, la marcha y el sello para
ser luego oposición. Si este teorema se cumple, el justicialismo dejaría de ser
poder en 2011.
Contra esa alternativa, también lucha Kirchner, quien prefiere a Solanas o a
Alfonsín antes que a Duhalde.
¿Y
Mauricio Macri? Tampoco se sabe su final, aunque coquetee con los disidentes.
Por ahora, luego de su reciente procesamiento, demostró una notable
inconsistencia: no supo elegir a quienes lo defiendan técnicamente, sus
colaboradores demostraron incompetencia y falta de argumentos para defenderlo
en las últimas horas, otros se protegieron a sí mismos y él, tampoco, supo
defenderse.
Como
tampoco sabe atacar, parece Argentina ante Alemania perdiendo por cuatro a
cero. Quizás sea un momento, el cual tampoco ignora que en este caso, como en
el Senado para el matrimonio gay, Néstor se aplicó a la tarea de apelar a todo
tipo de recursos.